En el departamento del Cesar y en buena parte de la región Caribe somos muchos los que rechazamos, con vehemencia, el insulto del que fue objeto la señora Cielo Gnecco, a raíz de una publicación difundida por el activista político Carlos Barbosa Paz.
Una cosa es la controversia política y otra muy diferente es recurrir al insulto y a expresiones vulgares para atacar a una persona con la que se tienen profundas diferencias. La política, incluso cuando es intensa y apasionada, no puede convertirse en un escenario donde todo vale con tal de llamar la atención.
No conozco personalmente a Carlos Barbosa, ni tengo interés en hacerlo. Sin embargo, sí considero necesario cuestionar públicamente este tipo de comportamientos, especialmente cuando quien los protagoniza pretende participar activamente en la política del departamento y aspira a ocupar una curul en la Asamblea del Cesar.
Si Barbosa quiere construir liderazgo político, debería entender que el protagonismo no se consigue mediante la ofensa. Se consigue trabajando con las comunidades, escuchando a la gente, construyendo propuestas y demostrando capacidad para debatir con quienes piensan diferente.
Cielo Gnecco puede ser cuestionada políticamente. Sus actuaciones, decisiones o posiciones pueden ser objeto de debate y crítica, como ocurre con cualquier figura pública. Pero ninguna diferencia política convierte el insulto en argumento ni la vulgaridad en una herramienta válida de deliberación.
Además, cuando un hombre decide referirse de manera ofensiva a una mujer, vale la pena preguntarse qué mensaje está transmitiendo a su propio entorno. ¿Qué pensarán las mujeres de su familia, sus amigos y las personas que lo acompañan cuando observan que utiliza ese lenguaje para atacar a alguien con quien no está de acuerdo?
La política necesita confrontación de ideas, no degradación del adversario. Y si Barbosa se identifica con el Pacto Histórico y con las ideas de la izquierda, debería recordar que las luchas sociales y políticas que históricamente ha defendido ese sector también han estado acompañadas de debates, argumentos y organización popular.
La izquierda, como cualquier corriente política, no necesita insultadores. Necesita hombres y mujeres capaces de defender sus convicciones con argumentos, de debatir con firmeza y, sobre todo, de respetar al contradictor.
Porque finalmente eso es la política: pensar diferente sin perder la dignidad. Se puede ser adversario político sin convertirse en enemigo personal. Se puede criticar con dureza sin recurrir a la vulgaridad. Y se puede defender una causa sin pisotear al ser humano que está al otro lado.
Si Carlos Barbosa quiere convertirse en una figura política del Cesar, tiene todavía mucho camino por recorrer. El protagonismo pasajero que producen las redes sociales puede generar ruido, pero el verdadero liderazgo se construye en las calles, en las comunidades y en la capacidad de convencer con ideas.
La política no se hace a punta de insultos. Se hace con argumentos, con trabajo y con respeto.
Hice un cambio importante: conservé la crítica fuerte, pero retiré algunas expresiones que podían hacer que la columna terminara pareciendo un ataque personal contra Barbosa y no una crítica a su actuación. Eso, en mi opinión, le da más peso periodístico y más contundencia al argumento.
