Colombia atrapada en la cueva del odio – Por: Luis Emil Sanabria Durán

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La actual campaña electoral colombiana parece estar atrapada en una peligrosa lógica de confrontación. Las descalificaciones, la estigmatización del adversario, la difusión de noticias falsas, los discursos de odio, el machismo, la homofobia y los llamados a “destruir” al contradictor han desplazado el debate serio sobre los problemas que afectan a millones de personas. Mientras la ciudadanía espera respuestas frente a la pobreza, la inseguridad, la corrupción, el narcotráfico, el desempleo y la crisis ambiental, una parte importante de la discusión pública gira alrededor de la construcción de enemigos, la mayoría de las veces fantasmas, para luego proponer destruir, aniquilar, excluir o expatriar sin piedad a ese enemigo.

Esta dinámica no es nueva. La psicología social ofrece una explicación inquietante sobre cómo se producen estos fenómenos colectivos. En la década de 1950, el psicólogo Muzafer Sherif desarrolló el famoso experimento conocido como la “Cueva de los Ladrones” o Robbers Cave. En este estudio, dos grupos de niños fueron separados y posteriormente puestos a competir entre sí. Bastaron pocos días para que surgieran prejuicios, insultos, hostilidad y agresiones mutuas. Los integrantes de cada grupo comenzaron a verse como superiores y a considerar a los otros como una amenaza.

Lo más interesante del experimento fue la manera como se logró reducir el conflicto. Los investigadores descubrieron que la simple convivencia no era suficiente. La rivalidad solo disminuyó cuando ambos grupos tuvieron que cooperar para alcanzar objetivos comunes que ninguno podía lograr por separado. Cuando enfrentaron desafíos compartidos, dejaron de verse como enemigos y comenzaron a reconocerse como parte de una misma comunidad.

La política colombiana parece estar reproduciendo exactamente la primera fase de aquel experimento. Los discursos polarizantes dividen a la sociedad entre “buenos” y “malos”, “patriotas” y “traidores”, “demócratas” y “enemigos de la democracia”. Cada sector se ve tentado a alimentar su propia identidad a partir del rechazo al otro. Las redes sociales amplifican esta dinámica y los algoritmos premian los mensajes más agresivos porque generan más interacción, indignación y viralidad.

Sin embargo, en el caso colombiano el fenómeno no surge de manera espontánea. Existen sectores, algunos ubicados en el extranjero que, desde importantes posiciones de poder económico, político y mediático, han encontrado ventajas en una sociedad fragmentada y enfrentada. Una ciudadanía dividida resulta más fácil de manipular, mientras que un Estado débil o fallido abre enormes oportunidades para la apropiación indebida de recursos públicos, la captura de instituciones y el saqueo de riquezas naturales estratégicas. Allí donde la población está ocupada odiando a sus vecinos o a quienes piensan distinto, disminuye la capacidad de vigilar a quienes concentran privilegios y beneficios.

Por eso, el principal desafío no es solamente construir acuerdos entre dirigentes políticos. Colombia necesita una sociedad civil fuerte, organizada, crítica y autónoma, capaz de exigir el diálogo, presionar la construcción de consensos mínimos y sabotear las estrategias que buscan sembrar odio entre la población. Las organizaciones sociales, comunitarias, sindicales, campesinas, empresariales, juveniles, de mujeres, étnicas, LGBTIQ+, ambientales, académicas, de población con discapacidad y religiosas, entre otras, tienen un papel fundamental en la generación de espacios de encuentro y reconocimiento mutuo.

Por esa razón, Colombia necesita avanzar hacia un verdadero Acuerdo Nacional. No un pacto electoral para repartir cargos o construir mayorías temporales, sino un compromiso histórico, construido y ambientado desde abajo, alrededor de unos mínimos compartidos que trasciendan gobiernos y campañas. Un acuerdo allí donde las personas descubren que, pese a sus diferencias ideológicas, comparten preocupaciones similares para defender la vida, fortalecer la democracia, combatir la corrupción, proteger los recursos naturales, enfrentar las economías ilegales y garantizar condiciones dignas para toda la población.

Quienes creemos sinceramente en un mejor país debemos comprender la magnitud de este desafío. La mayoría de los colombianos no dispone de fortunas para refugiarse en otros lugares del mundo ni tiene planes de abandonar esta tierra. Nuestro futuro está ligado al futuro de Colombia. Precisamente por eso no podemos caer en la trampa de los odios fabricados ni convertir las diferencias políticas en enemistades permanentes. La reconciliación no significa unanimismo. No significa que todos deban pensar igual ni que desaparezcan las diferencias ideológicas. Por el contrario, una democracia sana necesita pluralidad, confianza entre la población, debate y confrontación de ideas. Lo primero que debe desaparecer es la pretensión de imponer una visión de país única, mediante la violencia, la amenaza, la estigmatización o la destrucción física o moral del adversario.

La gran lección del experimento de Robbers Cave es que los conflictos disminuyen cuando las personas descubren objetivos superiores que las obligan a cooperar. Colombia tiene muchos de esos objetivos comunes. La defensa de la vida, la construcción de la paz, la superación de la pobreza, la protección de la naturaleza, el abandono del narcotráfico, la lucha contra la corrupción, el goce pleno de los derechos humanos y el fortalecimiento de la democracia, por ejemplo, son tareas que ninguna corriente política, social y económica puede resolver por sí sola.

Quizá haya llegado el momento de abandonar la lógica de la cueva, o de las trincheras en el caso colombiano. De comprender que el odio puede ser rentable para algunos sectores de poder que no les interesa defender la vida, pero resulta devastador para la sociedad. De entender que la diferencia no es una amenaza sino una condición natural de la democracia. Y de asumir que el verdadero patriotismo consiste en construir un país donde nadie necesite destruir al otro para defender sus ideas. De que no hay enemigos internos de la patria y que las grandes mayorías somo víctimas comunes de planes estratégicos mundiales para apoderarse de nuestras riquezas económicas, espirituales y culturales.

La historia demuestra que las naciones avanzan cuando son capaces de convertir sus diferencias en diálogo y sus conflictos en acuerdos. Ese es el reto que hoy tiene Colombia. No elegir a partir del miedo al vecino o al amigo, sino construir una sociedad lo suficientemente fuerte para impedir que el odio se siga fortaleciendo hasta gobernar definitivamente nuestro destino.


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