Entre el silencio y la sospecha – Por: Nerio Luis Alvis

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El miedo a denunciar, la estigmatización social y la pérdida de confianza en las instituciones alimentan una crisis de seguridad silenciada en Ocaña y la provincia.

El departamento de Norte de Santander ha sido, históricamente, una de las regiones más golpeadas por la violencia en Colombia. Sin embargo, en los últimos días, una sombra constante de zozobra e incertidumbre se ha posado sobre sus habitantes debido a nuevos fenómenos violentos que avanzan en el anonimato.
En el sector norte de Ocaña, el rumor sobre la misteriosa desaparición de varios jóvenes en condición de calle encendió las alarmas de la comunidad. Tras realizar averiguaciones en la zona, los mismos moradores confirman que, aunque la información circula como un comentario popular, existe un hecho innegable: a varios de los habitantes de calle que frecuentaban habitualmente el sector no se les ha vuelto a ver.
Esta ausencia prolongada alimenta una sospecha estremecedora. En un territorio atravesado por la confrontación de diversos actores armados ilegales, la vulnerabilidad extrema de esta población los convierte en presas fáciles. El temor de la comunidad es que estos jóvenes estén siendo reclutados o cooptados a la fuerza para engrosar las filas del conflicto, con el riesgo latente de terminar asesinados, enterrados como «N.N.» o sepultados en fosas comunes en las montañas del Catatumbo.
Al consultar directamente a las instituciones de control y a las autoridades policiales, la respuesta oficial es que no existen denuncias formales ni reportes concretos sobre estas desapariciones en Ocaña. No obstante, la falta de denuncias obedece a una realidad estructural: las víctimas son jóvenes marginados y estigmatizados que carecen de redes familiares que reclamen su paradero, sumado a la ausencia de un censo oficial que permita a las entidades realizar un monitoreo real de esta población.
Paralelamente a lo que ocurre en las calles de Ocaña, en el sector rural de varios municipios aledaños avanza otra modalidad delictiva que mantiene bajo confinamiento e intimidación a los campesinos. A través de mensajes de texto y WhatsApp, estructuras criminales exigen sumas de dinero a los pobladores bajo la amenaza de publicar sus nombres en redes sociales, señalándolos falsamente como colaboradores o integrantes de grupos armados ilegales.
A pesar de que algunas víctimas han cedido al chantaje realizando los pagos exigidos, las exigencias económicas y las amenazas de muerte continúan. Una de las víctimas, quien solicitó la reserva absoluta de su identidad por seguridad, reveló que la línea telefónica desde la cual proviene la extorsión lleva bastante tiempo activa. Sin embargo, el pánico a posibles represalias paraliza la intención de acudir a las autoridades.
Esta ruptura en el hilo de confianza entre la ciudadanía y las instituciones se ha convertido en el caldo de cultivo ideal para el accionar impune de la delincuencia. Mientras la población mantenga el temor de denunciar y la respuesta institucional dependa únicamente del trámite formal de un documento, la criminalidad seguirá ganando terreno.
Resulta urgente e imperativo que las autoridades locales y departamentales emitan un pronunciamiento oficial, inicien investigaciones de oficio y desplieguen acciones concretas para esclarecer si estas desapariciones son una trágica realidad o un rumor infundado. La seguridad de una región no puede sostenerse sobre el silencio ni sobre la indiferencia ante los más vulnerables.


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