Los Cotes no pensaron en la comunidad de la Minca-Campano-la Tagua sino en ellos

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Por: Juan Felipe Maestre

Solo en el departamento de Magdalena se encuentra el sistema de montañas más alto del mundo al lado del mar: La Sierra Nevada de Santa Marta, declarada por la UNESCO como “Reserva del Hombre y de la Biosfera”. Allí se sintetizaron todas las variedades de pisos térmicos y un amplio abanico de flora y fauna en un espacio de 17 mil kilómetros cuadrados, una verdadera hazaña de la naturaleza. Por su belleza y biodiversidad es destino turístico obligado para propios y extranjeros. La cultura de sus comunidades indígenas se mantiene incólume ante el paso del tiempo y ni la peramente influencia global de la modernidad ha trastocado sus costumbres. Un espectáculo desde todos los ángulos, y desde luego, el económico no escapa de ese conjunto. El avistamiento de aves, la asidua concurrencia de científicos e investigadores de los cuatro puntos cardinales y el ecoturismo, se han convertido en un robusto renglón en la economía departamental. No en vano se presentan disputas entre poderosos sectores por la construcción de parques recreacionales y turísticos.

Sobre los fértiles terrenos de la Sierra crecen exuberantes todo tipo de cultivos: el banano, el café, la palma aceitera; plátano, maíz, yuca, frijol y cientos de otros productos agrícolas que la convierten en la gran despensa regional. Por ello, las familias ricas de antaño, como lo cuenta el historiador Joaquín Viloria de la Hoz, fundaron allí sus haciendas, especialmente productoras de banano y café. A la par de esa dinámica vinieron también las vías de acceso para su comercialización. Una de las más importantes es la que une a los corregimientos de Minca, Campano y la Tagua, gestionada durante la administración de Rosa y Luis Miguel Cotes y concluida con éxito en la de Carlos Caicedo.

Ayer, Luis Miguel Cotes, integrante de ese cuestionado clan que por décadas dominó la política y el clientelismo en Magdalena, colgó en todas sus redes sociales un video donde se adjudica la totalidad de la obra y aduce haberla construido para el bienestar de la región. Pues bien, lo que Cotes no cuenta es que el afán por construir esa vía obedece a los propios intereses de su familia y las de otras poderosas parentelas embadurnadas de corrupción como los Diazgranados, los Dávila Abondano, los Vives, los Lacoture y otras que poseen vastas áreas de los mejores terrenos para cultivos y negocios. El Club de Santa Marta, como se conoce a estas familias. Los Cotes son propietarios de una lujosa cabaña turística en El Campano.

Además, la finalización de las obras que el gobierno de Magdalena Renace, en cabeza de Caicedo, concretó, no es destacada por el más joven de los Cotes y, por el contrario, él y su administración son denostados con evidente saña.

El fracaso tras la aparente corrupción de la bautizada por los Cotes como «Vía de la Prosperidad«, que une lugares del Magdalena donde los intereses económicos de los Cotes no hacen presencia, explica el «diligente empeño» que sí tuvieron en la de Minca-Campano y la Tagua.

Señores Cotes, díganle la verdad a la comunidad: que no pensaron en ella sino en sus propios intereses.


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