Por: Luis Alejandro Ruto M. Invitado Especial
Epígrafe:
“𝐇𝐚𝐲 𝐯𝐨𝐜𝐞𝐬 𝐪𝐮𝐞 𝐧𝐨 𝐦𝐮𝐞𝐫𝐞𝐧: 𝐬𝐨𝐥𝐨 𝐜𝐚𝐦𝐛𝐢𝐚𝐧 𝐝𝐞 𝐟𝐫𝐞𝐜𝐮𝐞𝐧𝐜𝐢𝐚.”
Armando Correa Saavedra se levantaba todos los días a las cuatro de la mañana. Revisaba sus apuntes, como lo había hecho la tarde anterior, y luego se sentaba frente a su máquina de escribir Brother 1346 portátil para redactar las noticias que los oyentes escucharían hora y media después. 𝐀 𝐬𝐮 𝐥𝐚𝐝𝐨, 𝐮𝐧𝐚 𝐫𝐚𝐝𝐢𝐨 𝐦𝐚𝐫𝐜𝐚 𝐏𝐡𝐢𝐥𝐥𝐢𝐩𝐬 𝐭𝐫𝐚𝐧𝐬𝐦𝐢𝐭𝐢́𝐚 𝐥𝐚 𝐬𝐞𝐧̃𝐚𝐥 𝐝𝐞 𝐕𝐨𝐢𝐜𝐞 𝐨𝐟 𝐀𝐦𝐞𝐫𝐢𝐜𝐚 𝐲 𝐑𝐚𝐝𝐢𝐨 𝐅𝐫𝐚𝐧𝐜𝐢𝐚 𝐈𝐧𝐭𝐞𝐫𝐧𝐚𝐜𝐢𝐨𝐧𝐚𝐥. 𝐀𝐬𝐢́ 𝐬𝐞 𝐞𝐧𝐭𝐞𝐫𝐚𝐛𝐚 𝐝𝐞 𝐥𝐨 𝐪𝐮𝐞 𝐨𝐜𝐮𝐫𝐫𝐢́𝐚 𝐞𝐧 𝐞𝐥 𝐦𝐮𝐧𝐝𝐨.
Una hora después, tenía en su carpeta entre 𝐪𝐮𝐢𝐧𝐜𝐞 𝐲 𝐯𝐞𝐢𝐧𝐭𝐞 𝐜𝐮𝐚𝐫𝐭𝐢𝐥𝐥𝐚𝐬 llenas de noticias, además de una pequeña grabadora con un casete TDK de sesenta minutos donde guardaba las voces de los protagonistas locales.
A esa hora, Maicao seguía dormido, pero en la casa de Armando ya clareaba. Su voz encendía las mañanas del pueblo como quien prende una lámpara en medio del viento. De su máquina brotaban las primeras palabras que la ciudad escuchaba al despertar.
𝐍𝐚𝐜𝐢𝐨́ 𝐞𝐥 𝟐𝟐 𝐝𝐞 𝐦𝐚𝐫𝐳𝐨 𝐝𝐞 𝟏𝟗𝟓𝟒. De niño fue inquieto, curioso y lleno de energía. Aquella vitalidad —una chispa que nunca se apagó— lo empujó hacia los libros. Leyó cuanto texto caía en sus manos. 𝐂𝐮𝐚𝐧𝐝𝐨 𝐥𝐨𝐬 𝐥𝐢𝐛𝐫𝐨𝐬 𝐬𝐞 𝐥𝐞 𝐪𝐮𝐞𝐝𝐚𝐛𝐚𝐧 𝐜𝐨𝐫𝐭𝐨𝐬, 𝐛𝐮𝐬𝐜𝐚𝐛𝐚 𝐫𝐞𝐯𝐢𝐬𝐭𝐚𝐬 𝐜𝐨𝐦𝐨 𝐕𝐢𝐬𝐢𝐨́𝐧, 𝐂𝐫𝐨𝐦𝐨𝐬, 𝐒𝐞𝐦𝐚𝐧𝐚, 𝐂𝐚𝐦𝐛𝐢𝐨 𝐲 𝐀𝐥𝐭𝐞𝐫𝐧𝐚𝐭𝐢𝐯𝐚. También seguía las publicaciones deportivas Nuevo Estadio y Balón. Leía tres periódicos al día. Esa costumbre, más que un ejercicio, era su modo de respirar.
Buena parte de sus estudios secundarios los hizo en Nemocón, un municipio tranquilo del altiplano cundiboyacense donde aprendió el valor de la disciplina. El último año lo cursó en el Liceo Celedón de Santa Marta, institución que le abrió horizontes y le permitió acercarse a los primeros escenarios culturales y periodísticos de la Costa Caribe. Más adelante inició estudios de Licenciatura en Ciencias Sociales, pero la vida —siempre impredecible— lo llevó por el camino de la radio antes de que pudiera culminarlos.
Esa disciplina lo formó como un periodista de mirada amplia y palabra precisa. Escucharlo en la radio era una lección de respeto por la verdad: leía las noticias con voz firme, entrevistaba personajes lejanos y analizaba los hechos con la claridad de quien comprende el pulso del mundo.
Comenzó en la radio siendo un joven inquieto en los estudios de Radio Península y Radio Tribuna. La docencia lo llevó a los micrófonos, y la radio lo enamoró tanto que le pidió el alma. Podría decirse que llegó a la radio por la docencia y dejó la docencia por la radio.
Más tarde trabajó en La Voz de la Pampa y regresó a Radio Península. Luego llegó a RCN Cadena Básica, donde dirigió el noticiero en La Guajira, primero en Maicao y después en Riohacha.
Perteneció a la generación dorada de locutores y periodistas del municipio, junto a Pepe Palacios, Roberto Enríquez Pineda, Tulio Pizarro Herrera, Delmides Navarro Meneses, Ernesto Acosta Solano, Henry Jácome Clavijo, Alcides Alfaro Guerra, Carlos Serrano Cotes y Jaime Rengifo Junior.
Su voz seria y serena acompañó las alegrías y tristezas del pueblo. Informó sobre muertes violentas, el desplome de la moneda venezolana y la crisis del comercio fronterizo. Cuando ocurrieron las tragedias de 1985 —el asalto al Palacio de Justicia y la avalancha que borró a Armero—, sus oyentes sintieron que la radio lloraba con ellos.
En 1979 se casó con Rosa Moreno Cuello, secretaria de Radio Península y sobrina de su colega José Cuello Herrera. Con ella formó una familia ejemplar y tuvo a Paola, Rommy
y Sebastián, sus mayores tesoros.
Amaba al Junior de Barranquilla con la fe de un hincha que no abandona su causa, y veneraba el vallenato como si cada canción guardara una parte de su historia. Viajaba a Valledupar para cubrir el Festival de la Leyenda Vallenata. Soñó con escribir un libro sobre esa música que tanto quiso, pero el proyecto quedó entre los papeles de su escritorio.
Armando tenía un corazón hecho para diciembre. La Navidad lo envolvía por completo, como si en esas fechas el mundo recuperara el brillo que a veces perdía durante el año. Le fascinaban las luces que colgaban de las casas, el sonido dulce de los villancicos y la alegría de las reuniones familiares. Nunca faltaban los regalos que preparaba con esmero para sus hijos y para los niños de la familia, convencido de que en la sonrisa de un niño cabía la esperanza del mundo. En la emisora organizaba programas navideños cargados de música, risas y mensajes de amor, porque sentía que la radio también podía ser un árbol de Navidad que iluminara los corazones.
Además, fue promotor de causas que fortalecieron a Maicao. Participó en la creación de la Cruz Roja, impulsó la Liga de Lucha contra el Cáncer —fundada en 1989— y ayudó a levantar el Deportivo Maicao, equipo que marcó una época en el torneo de segunda división. Fue suya la frase que aún recuerdan los aficionados: “Deportivo Maicao: fútbol de primera en el torneo de segunda.”
Armando tenía el don de las palabras que no envejecen. 𝐋𝐥𝐚𝐦𝐨́ “𝐥𝐚 𝐜𝐚𝐫𝐫𝐞𝐭𝐞𝐫𝐚 𝐝𝐞 𝐥𝐚 𝐦𝐮𝐞𝐫𝐭𝐞” 𝐚𝐥 𝐭𝐫𝐚𝐦𝐨 𝐝𝐞 𝐥𝐚 𝐓𝐫𝐨𝐧𝐜𝐚𝐥 𝐝𝐞𝐥 𝐂𝐚𝐫𝐢𝐛𝐞 𝐞𝐧𝐭𝐫𝐞 𝐌𝐚𝐢𝐜𝐚𝐨 𝐲 𝐑𝐢𝐨𝐡𝐚𝐜𝐡𝐚, 𝐮𝐧 𝐚𝐩𝐨𝐝𝐨 𝐪𝐮𝐞 𝐞𝐥 𝐭𝐢𝐞𝐦𝐩𝐨 𝐜𝐨𝐧𝐯𝐢𝐫𝐭𝐢𝐨́ 𝐞𝐧 𝐚𝐝𝐯𝐞𝐫𝐭𝐞𝐧𝐜𝐢𝐚. Fue el destino —ese narrador sin piedad— quien escribió su último capítulo en la misma carretera que él había convertido en noticia.
Era una noche oscura del 22 de mayo de 2001. Aquella fue la noticia que Armando no pudo escribir ni leer. Me tocó a mí contarla, con lágrimas en los ojos. No quiero recordar ese día, aunque su voz, la voz que despertaba a Maicao, aún parece encender las mañanas.
