Crónica: Julio Enrique Ramos, líder comunitario en el anonimato

Compartir

Por: Juan Rincón Vanegas

En el territorio conocido como Jericó, municipio de Chinú, Córdoba, vive Julio Enrique Ramos Ruiz, un hombre sencillo, noble, trabajador y todo un líder comunitario cuyos servicios fueron esenciales para el desarrollo de su amado pueblo. También supo sacar adelante a sus hijos. “Cinco varones y seis hembras”, como relata.

Para hablar es un experto con una mente lúcida, y puntualiza sus conceptos para que no quede ninguna duda. De igual manera resalta la unión familiar que lo ha rodeado en esta etapa de su vida.

“Cuento con casi 95 años y estoy disfrutando de mi retiro después de haber estado como líder político, social y siendo un fiel trabajador. Presté la mejor ayuda a la comunidad, incluso gracias al alcalde de esa época Edgar Sarmiento, con quien hablé para la construcción del colegio. A esa institución educativa le pusieron mi nombre, pero de un momento a otro al colegio Julio Enrique Ramos Ruiz, se lo quitaron. No sé quién, creo que la Junta de Acción Comunal o algunos profesores”, dice con tristeza el legendario líder.

Más adelante anota sobre este hecho que no quieren reconocer. “Le dije al alcalde de ese entonces Edgar Sarmiento que nos hiciera un colegio aquí en Jericó, porque esa muchachera tenía que ir a estudiar a Chinú. Me dijo que eso era una realidad. Compró el terreno y los materiales. Yo pagué los obreros para que levantaran la casita. Ese fue de gran beneficio para los padres de familia y estudiantes”.

Lo dice con alegría y después la nostalgia lo arropa porque su entrega fue total y hoy cuando el calendario casi le marca el centenario de vida, no es justo que lo dejen en el olvido, que no tenga quien le agradezca ni tampoco reciba un pergamino o una medalla de honor donde se resalten sus obras.

“Mi carrera política fue de acciones y nunca gané nada para mí, sino que producto de mi trabajo saqué adelante a mi querida familia y a esta comunidad”.

Expresa de igual manera que con los distintos jefes políticos se la llevó bien porque era un referente, incluso contó que mandaba a Chinú a muchas personas enfermas y las atendían sin cobrarles un peso y hasta les daban las drogas. También gestionaba para que muchos jóvenes sacaran su cédula de ciudadanía, entre otras acciones.

En medio de la amena charla siguió contando esas historias vividas que le permiten llamar muchos recuerdos, pero siempre se duele de que su nombre está quedando en el olvido.

Con el deber cumplido

Después de destacar su labor comunitaria, entra en otro capítulo donde sobresalen sus distintos trabajos que no son tan comunes y está enmarcado en Macondo, donde lo sobrenatural es real.

Teniendo el apoyo de su señora María Cordero Javile, se inventó distintas maneras para ganarse el pan de cada día y levantar a sus hijos, dice que 11, aunque algunos indican que está mal sacada la cuenta.

Entrando en materia anota. “Empecé a trabajar cuando tenía 18 años y compraba cajas de huevos criollos y ñame. Los llevaba a Lórica en bus, por unos caminos de herradura que llamaban carreteras. También los vendía en Cartagena y otras poblaciones. Era más el esfuerzo que las ganancias, pero algo quedaba. Nunca me varé porque lo mío era el trabajo porque en mi casa estaba la mujer y los hijos esperándome. En verdad, mi consigna era la honradez, el trabajo y el servicio”.

Este campesino que se abrió paso en la vida con tesón, supo cumplir su tarea dignamente y es merecedor de un reconocimiento de su querido pueblo.

Julio Enrique Ramos Ruiz, es un hombre temeroso de Dios al que se encomienda todos los días. “Dios, el único verdadero que hay en el mundo. Como Dios, no hay otro, ni habrá. Yo soy un hombre feliz porque hice las cosas como Dios manda”.

Hace una parada en medio del diálogo para señalar que está tranquilo y que sus últimos días los quiere pasar con su familia, disfrutando de ellos y contándoles que una vez el colegio del pueblo llevó su nombre, pero desapareció sin saber leer ni escribir. Tampoco respetaron el esfuerzo de un hombre luchador y que siempre procuró por la comunidad.

Los días pasan y Julio Enrique Ramos Ruiz, sigue sentado en su casa recreando su vista con el paisaje natural, dándole gracias a Dios por la vida, hablando de todo un poco y pensando que los huevos criollos que solía vender, son los que mandan ahora algunos que no quieren reconocer las bondades y el buen corazón de otros.


Compartir