Por: Inaldo Chávez Acosta
La gaita o Chuana es un arma de combate. Con ella se han librado innumerables guerras de resistencia y persistencia frente a los embates que la historia misma le ha impuesto.
Seguramente antes, mucho antes que llegara la invasión y conquista europea, ya los tímidos y silentes Zenúes de estas tierras aisladas en su propio paraíso; mantenían defensas de sus territorios en procura de los espacios que los escasos ratos de sedentarismo permitían, ante la escasez o abundancia de alimentos y demás viandas. Y ahí debió ir la Chuana al hombro (como un fusil de cinco huecos) de quien se erigía como su cultor o cultora, y custodio o custodia elegido por los dioses. Recordemos que el vestigio más entrañable de lo que hablamos, es de una mujer con Chuana.
Para invocar, distraer y recrear la simpleza de la vida en comunidad, antes que llegara el viento malévolo de la cultura occidental. Quizá la Chuana (derivado de “Chua” que era un instrumento sonoro de caracol) sonaba distraída, lleno de un dejo lento, pausado y ceremonial. Rompiendo con la tranquilidad del follaje, el sueño de los caminos y la quietud de las noches de fuego crepitando en medio de los montes sin asaltos.
Hasta que los europeos la conocieron y bautizaron e impusieron como gaita: Imperialismo cultural dirían estilizadamente.
Entonces los más de cinco siglos que “la gaita” comparte nuestro mestizaje e impureza consustancial a la humanidad, le han servido para librar constantemente una guerra abierta y declarada contra el olvido y los afanes de la modernidad avasalladora.
Pura y simple resistencia. Eso es lo que la Chuana representa y nos enrostra –para nuestra vergüenza- a cado momento que osamos profanar su sacralidad milenaria y la condenamos al olvido como quien se ruboriza tiernamente frente a la condición de ignorar lo valioso y valorar lo deshonroso.
Nunca antes ningún instrumento autóctono en esta región de impuros merece tanta secularidad y culto. De por sí, poco aferrados a tótem que nos representen, la Chuana inmortal se erige como el refugio inexorable frente a los embates de la banalización del folclor y la reducción de la cultura a excesivos gimoteos con letras insulsas y procaces.

Entonces toca separar los discursos alrededor de la Chuana (gaita) desde las perspectivas de la historia, de la memoria y de la memoria histórica: desde la primera mirada se relaciona en forma directa con el mestizaje y la confluencia de argumentos musicales desde las diferentes corrientes triétnicas que la erigieron en el principal instrumento de la fusión racial; en relación con la memoria, ésta ha viajado por más de cinco siglos de oralidad en oralidad, mutando y fortaleciéndose en cada suspiro montemariano y cautivando a muchas generaciones en eventos y festivales en la comarca que -sin hilar delgado frente a los puristas- han permitido una difusión nunca imaginada; y en tercer lugar, la memoria histórica es la forma como las comunidades y los cultores de la Chuana se han apropiado de su versión de la historia, bajo razones de legitimidad o de supervivencia (Jiménez, 2016).
También el ejercicio obligado de lo que ha significado la presencia inexorable de la Chuana en medio de las vicisitudes que los pobladores de los Montes de María, han experimentado a lo largo del perpetuo conflicto armado y social que nos alberga como territorio: reconocimiento, reparación moral y resiliencia (Corredor, 2016).
Mientras la violencia cabalgó en el suelo montemariano, la Chuana estuvo ahí consolando a los campesinos y cultores como testigo silencioso de la vulneración de derechos y luego se manifestó en los cientos de cantos y composiciones que a manera de denuncia empezaron a gritar la verdad.
Luego se hizo necesario el inicio del proceso de reparación moral para que más allá de los visible y material, la reparación también incluyera el protagonismo de la Chuana como argumento de identidad y de preservación, así como de legítimo derecho a reivindicar una particularidad cultural con enormes vasos comunicantes por toda la geografía del Caribe colombiano.
La Chuana (gaita) de los Montes de María también permitió constituirse en el telón de fondo musical sobre el cual los montemarianos (hombres y mujeres), hicieron resiliencia para zafarse poco a poco del dolor causado por la violencia: huellas y heridas imborrables en la memoria de todo un territorio, pero que con la particularidad Caribe, permitieron amansar al potro tricéfalo y cerrero de la memoria, el perdón y el no olvido.
Todo se ha ido como en un tiempo sin tiempo y sin cosas. La violencia es un viento que no tiene rumbo fijo y en cualquier momento arrecia o se aleja, son vainas de este patio trasero lleno de porquerías; pero la Chuana o gaita sigue aquí imperturbable y desafiante. Pero no en el reto de oponerse a los sinsentidos que nos acosan constantemente, sino con su lealtad a toda prueba como inseparable compañera en la trinchera de la resistencia del territorio, de su gente y de muchas comunidades que se niegan a que la mantis de la violencia vuelva a devorarlos.
¿Qué sigue ahora?

En medio de las contradicciones propias de la conducción de los territorios por los políticos de siempre y las comunidades celestinas de su propia tragedia social y económica; la cultura queda como el único recurso posible para la resistencia a la que se acostumbra quien ve en los designios evidentes que no tiene otra salida. Torcerle el cuello a la historia de los Montes de María también pasa por un sonido simple, alegre y lastimero al mismo tiempo, pero limpio y puro; que se deja acompañar por otros cómplices sonoros que contratacan en un solo ritmo. Ahí está la Chuana, la Gaita… esperándonos.
