Por: Iván Gallo – Pares
Hace poco hablé con Aída Avella y me contó sobre la tarde de mayo de 1996 cuando sobrevivió a un ataque con bazuka en el norte de Bogotá: “Resistió el auto porque tenía un blindaje riguroso. Pero alcancé a ver cómo se hacía un boquete dentro de la carrocería”. En ese momento ya cerca de cuatro mil miembros del partido político al que pertenecía, la UP, habían sido aniquilados. Por eso, Aída contaba con un fuerte esquema de seguridad e incluso con un teléfono que podía conectarse con una emisora de radio. El periodista que contestó la llamada fue Darío Arismendi, quien en dirigía el informativo 6AM. Él mismo ayudó a narrar desde Caracol Radio el escape de la senadora. En ese momento, ella llegaba del exilio y ahora le tocaba regresar a Suiza. Tenía 50 años y había sobrevivido a media docena de atentados.
Otros no tuvieron la misma suerte. Jaime Pardo Leal, descuidado, boquisuelto, machista, tenía un carisma arrollador. Era un tipo honesto. No le tenía miedo a la muerte. Su círculo más cercano le había anunciado lo que vendría si seguía al frente de la UP. Se creía que este partido político, lanzado en 1985 buscando una salida política al conflicto, dejar sin el argumento, esgrimido por dirigentes como Jacobo Arenas, que, el único camino era la combinación de todas las formas de lucha para que existiera una justicia social en el país. Esto fue suficiente para que hombres de la línea dura del ejército, como el general Fernando Landazábal, lanzaran proclamas a través de la Revista de las Fuerzas Armadas, afirmando que se tenía que combatir a esos “guerrilleros de la UP”. En 1987, a Pardo Leal lo asesinaron mientras regresaba a Bogotá desde su finca en La Mesa, Cundinamarca. Ese día le había dado descanso a su grueso esquema de seguridad.
También, delante de la mujer que amaba, fue asesinado en enero de 1990 otro candidato presidencial de la UP, el joven Bernardo Jaramillo Ossa de 35 años. Lo hicieron mientras estaba esperando un avión que lo llevaría al descanso en Santa Marta. Así mataron a dos senadores, a decenas de diputados y a concejales de esa colectividad. La iniciativa de aniquilar toda forma de izquierda no solo surgió de oficiales del ejército, como Landazábal, sino de la mafia. Gonzalo Rodríguez Gacha siempre creyó que la destrucción por parte del ejército del complejo cocalero de “Tranquilandia” estaba asociada con una llamada que había hecho el ejército. En ese operativo, el ejército destruyó mercancía de coca por más de 1.800 millones de dólares. El Mexicano, antes de vengarse mediante el asesinato de dirigentes de la UP, intentó hablar con las FARC y llegar a un acuerdo, pero la respuesta de Arenas fue cerrar la puerta. Por eso, investigadores como Stephen Dudley afirman que Arenas o el mismo Manuel Marulanda Vélez podrían haber hecho más para salvar a dirigentes de la UP, pero que en el fondo les convenía poder probar que la única forma de combatir el establecimiento y sus injusticias era a través de las armas.
En 1994 asesinaron a otro líder histórico: Manuel Cepeda Vargas, senador y periodista creador del diario Voz. Intentaron echarle la culpa de estas muertes a los sospechosos de siempre. Por ejemplo, a Jaramillo Ossa lo mató Pablo Escobar según las “fuentes oficiales”. Carlos Castaño, en su libro Mi confesión, afirmó haber estado detrás del asesinato de cientos de dirigentes.
En 2002, a pesar de sus mártires, el CNE le quitó la personería jurídica a este partido, lo que constituyó una nueva afrenta a la necesidad que tenía la izquierda de poder ejercer su derecho a la democracia. Poco a poco las heridas se van curando, pero se teme que los nuevos vientos negacionistas borren también la memoria de todo un país.
