Cuento: La segunda salvada- Por: Los Hermanos Bordéth

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Terminado el capítulo de Guillermo Tell, mi madre nos dio la orden de apagar el televisor. Después de una noche continúa de haber visto también a la pequeña Lulú y el noticiero, llegó la hora de dormir.

Soltamos a ‘Turco’, el legendario perro de la familia, cerramos las puertas y colocamos el vaso de agua en el centro de la mesa para que bebieran las ánimas.

Colgando la hamaca de un extremo y mi padre del otro comentamos los tres programas sin darnos cuenta y en su respectivo orden:

– “Ya como que van a quitar a la pequeña Lulú”. – Exclamó ‘Cachi’ triste y sentado en la hamaca.

– “Ese noticiero solo sirve para hablar las barbaridades de los godos”, aseveró mi padre al terminar el nudo de la hamaca (era un liberal de huesos colorados)

 

– “Joda esa manzana quedó hecha miga”.- Exclamé yo entre dormido refiriéndome al capítulo donde Tell destroza con su flecha esa fruta encima de la cabeza de su hijo.

Dormíamos en la sala de una casa de bahareque donde no hubo ni tesoros, ni opulencia, pero donde nunca faltó ni comida, ni educación y fuimos absueltamente felices.

Acostados con las luces apagadas siguió la conversa bajo la penumbra.

– “Y atinó a pegarle en el centro, que puntería brava”.- volví a exclamar yo por ese capítulo que me había dejado impresionado.

– “Todavía con ese tema”. – Exclamó ‘Cachi’ desde su hamaca.- “Mañana vamos hacer una vaina”.

– “Juaaa qué”? – le pregunté sorprendido.

Justo al momento en que me iba a responder se escuchó la voz de mi madre desde el cuarto:

– “Ustedes no se van a dormir hoy, cual es la vaina”?

Era el brazo militar de la familia, la línea dura, la encargada de imponer la disciplina, las que nos ayudó a forjar el carácter, la que jodía a uno cuando era y cuando no era.

Mi padre era el protector, el bacán, el encargado de imprimir los valores donde nos enseñó la honestidad, la lealtad, el valor y la prudencia (a esta última ‘Cachi’ nunca iba) era el equilibrio, el encargado de las bromas, el que te explicaba cómo sacar la higas de los arboles los Viernes Santo, como pegarle una trompá en la barba a cualquier malcriado que se quisiera pasar de listo, pero también el que te incitaba a cogerle el culo a la gigantona, un verdadero héroe.

Esa noche no pude conciliar el sueño me daba vuelta en la cabeza que ‘Cachi’ quisiera poner una manzana en mi cabeza y disparar una flecha para recrear la escena de Tell. Entré en pánico terrible pero al final dije – “Que mañana sea lo que Dios quiera”.

El día siguiente fue un jueves radiante de mediados de julio barrido por un veranillo calcinante. Nos despertó el gemido de mi tío ‘Chema’ que apareció en la casa luego de las ocho con unas ahuyamas veraneras en un saco.

Hasta la media mañana logré estar inmune del compromiso de la noche anterior, estaban las condiciones para las travesuras de siempre. Mi padre se había ido al acueducto, mi madre ya estaba en el CAI, mis hermanas fuera del pueblo en vacaciones y mi tío ‘Chema’, hacía solitario y distraído fumando debajo de un palo de naranja.

-“Hoy te voy a enseñar a volar” – me disparó ‘Cachi’ sin preámbulos.

– “Uy, como así sobri”? – preguntó mi tío Chema ya metido en la conversación.

– “No es con otra cosa” – le aclaró ‘Cachi’.

De alguna manera descansé porque pensé que sería su sparring para imitar a Tell, pero me inquietó su idea de andar por los vientos.

De inmediato lo vi subirse al legendario palo de ciruelo del centro del patio, el árbol de mi niñez donde Oscar, John Jairo y yo siempre tuvimos la sensación que en las tardes llegaban todos los pájaros del mundo (incluido el pájaro fino).

Era un verdadero monumento al poder de la naturaleza que se levantaba erguido sobre unas raíces mitológicas que se incrustaban sin piedad en la tierra abonada.

‘Turco’, nuestro perro, y yo nos hicimos debajo del árbol. Yo traté de hacer una colcha de hojas secas por si acaso fallaba el plan. ‘Turco, por su parte ladraba y movía su cola como advirtiendo el acto suicida. De inmediato ‘Cachi’ sacó una sombrilla debajo del suéter y amagó con lanzarse a los vientos.

Mi tío Chema lo observaba orgulloso de ver a su sobrino como de forma rudimentaria practicaba para ser paracaidista.

Le llamó la atención la escena y se metió de tajo impulsándolo con estas palabras:

-“Coronel militar del ejército cual es la vaina, cual es la maricada, tírese o lo levanto a culatazos”.

‘Cachi’, al escucharlo se desprendió de la rama con la sombrilla, juntó sus piernas, levantó su cola, arqueó su cuerpo y exclamó en los aires:

-“A Lulú le seguimos las ideas que a todos nos da”. Entonó la canción y recreó la escena de la noche anterior donde Lulú se tiraba de un avión con una sombrilla.

El viento del sur destrozó la sombrilla y la colcha de hojas secas no fue suficiente para el golpe preciso y el pelón de las rodillas.

Mi tío Chema muy enojado le dijo:

-“Esas no son vainas de hombre serio”.

-“Te quedaron secuelas de aquellas prácticas de las danzas y te salva que a Lulú no la van a dar más” – lo increpé molesto.

-Yo soy un hombre tío – respondió ‘Cachi’ con los ojos lleno de lágrimas.

Mi tío Chema se le acercó, le quitó la sombrilla, la tiró a un lado y le dijo:

– “Uno es hombre cuando corta su primera carga de leña y puede con un saco de maíz”.


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