MOHANPO, LA CUNA DE LA SIERRA (I)

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Por: Bernardo Ramírez del Valle

(Ensayo literario publicado en 2015)

Hace doscientos millones de años, durante el periodo geológico Jurásico de la Era Terciaria, la Sierra Nevada de Santa Marta estaba integrada al bloque andino de la

Cordillera Central, entonces ubicado en una paleo-latitud cercana a lo que hoy es el norte del Perú. Desde allí comenzó a desplazarse ochocientos kilómetros hacia el norte de la placa suramericana, hasta desprenderse de aquella cordillera, hace sesenta millones de años, como consecuencia de la cataclísmica colisión de esta placa tectónica contra las de Nazca y del Caribe, e iniciar un peregrinaje hacia su piramidal zócalo litosférico Caribe actual, en el que ocupa una superficie de 17.000 km2, con picos que se elevan 5.775 metros sobre el nivel del mar (pico Colón), y una base continental que desciende 4.000 metros hacia las profundidades abisales.

De esta manera, la Sierra Nevada se convirtió en el macizo montañoso más empinado de Colombia y el más elevado de la Tierra situado a orillas del mar.

Contaban los malibúes, que después de tan hazañosa travesía, previendo que la Caribia se poblaría de humanos y otras especies depredadoras, la Sierra encomendó a Gonawindúa, su pico más alto, inundar con agua nevada su lecho geodésico natal, a través del Pompatao (rio Cesar), “señor de todos los ríos”, que hizo correr en contravía de los demás ríos, de norte a sur, para bañar y llenar con tan precioso líquido el vientre de Zapatosa, la hija mayor de Kariguaño, el río padre.

Asimismo, entregó al primer mohán hechicero de esa líquida pangea, la codificación y guarda de la inteligencia, la sabiduría y la fuerza de las aguas, para enseñanza de arhuacos, kogis, wiwas, kankuamos, chimilas, malibúes y zenúes.

Tal fue el origen de Pó, el primer mohán de las aguas, por todos llamados Mohanpó, y siglos más tarde, en la fónica española, Mompoj o Mompox, quien tuvo con Mohana o Mojana, su encantada esposa, abundante descendencia, con la que pobló aquella planicie horadada.

En cumplimiento de los designios de la Sierra, Mohanpó encargó a su parentela más próxima el cuidado de “taca”, la diosa del agua, que moraba en el lecho de la depresión momposina: de esa manera, las aguas del sur, que hizo llamar Mohana o Mojana, en honor a su libidinosa, fértil y enrevesada esposa, se las encomendó a Tacasuán, el señor del Jegú, o rio San Jorge; las de occidente a Tacasaluma, su hermana menor; las de oriente a Guataca, su hija menor, las del norte a Tacaloa y Tacamocho, sus hermanos gemelos, bajo cuya custodia quedó también el indomable Caucayaco, y más allá de Zapatosa, en un punto intermedio del Pompatao, muy cerca de la Sierra, puso a Aracataca, la mayor de sus hermanas, diosa de la agricultura, para que cuidara ese rio, hilo conductor del agua nevada.

Fue Aracataca la que años después de la llegada de los invasores españoles, remontando las cumbres de la Sierra, dio aviso a Gonawindúa de la invasión española a Mohanpó. Entonces la Sierra se estremeció y rugió con aterradora furia y lanzó lava ardiente a cientos de kilómetros para ablandar al invasor, y preparar la expulsión de sus tierras siglos más tarde.

Salcedo del Villar cuenta en su libro Apuntaciones Historiales escrito en el siglo XIX, que “la detonación fue tan estruendosa y prolongada, que llegó a oírse a más de doscientas leguas. La tierra tronó; la lava alcanzó a larguísima distancia y las aguas del río Grande, del Zezari hacia abajo, tomaron un color gris y una densidad extraordinaria, que produjo la gran mortandad de peces, que flotando sobre la superficie de aquellas, infestó las laderas”. Según el historiador momposino, “no se hace memoria ni hay indicio de haber ocurrido este fenómeno de erupción volcánica antes de entonces, ni ha vuelto a repetirse después”.

El mundo preadánico

En los tiempos que precedieron la epopéyica migración de la Sierra Nevada de Santa Marta desde su nicho de la Depresión Momposina, no existían plantas, ni animales, ni humanos; sólo océanos y millones de rocas fundidas en ebullición, vomitadas por miles de volcanes gigantescos, que navegaban en grandes placas continentales sobre la magma piroplástica astenosférica, en un incesante choque mecánico de subducciones subhorizontales y empinadas, que finalmente, al estabilizarse Pangea, la madre Tierra, entre finales del Terciario y comienzos del Cuaternario, formaron el mapa planetario de hoy.

Durante ese largo periodo comprendido entre la separación de la Sierra Nevada de

Santa Marta de la Cordillera Central y su deriva hacia su actual emplazamiento, Caribia, la placa tectónica, no había emergido de las profundidades del océano. No existía, por tanto, el Istmo de Panamá, que surgió luego de la colisión de esta placa contra las de Nazca y la Cocos, uniendo a Centroamérica con Suramérica; ni las serranías de Ayapel, San Jerónimo y Abibe, que surgieron como resultado de la fractura de la Cordillera Occidental por el Nudo de Paramillo, causada por lafalla de San Jerónimo; ni la Serranía de San Jacinto o Montes de María, formada por la prolongación de restos líticos cuaternarios de la serranía de San Jerónimo, acrecentados por el alzamiento del borde oriental de la placa Caribiana al ser subducida por la Suramericana.

Emerge Caribia

A comienzos del Periodo Cuaternario, en medio de tan convulsionado y explosivo proceso metalúrgico de modelación planetaria, luego de la formación de los casquetes polares, el nivel del mar disminuyó dramáticamente, aflorando extensos territorios que hasta entonces estaban tapados por las aguas oceánicas. Fue entonces cuando emergió Caribia, la planicie suramericana, y con ella sus cadenas montañosas: Perijá, San Lucas, Ayapel, San Jerónimo, Abibe, San Jacinto, Piojó, Sierra Nevada, Oca y Macuira. También se formaron los grandes ríos: Kariguaño o Yuma (Magdalena), Caucayaco (Cauca), Pompatao (Cesar), Jegú (San Jorge), Sheinú (Sinú) y Wounmainkat (Ranchería), con sus valles y llanuras, quedando al descubierto, a los pies de las abruptas Cordilleras, una inmensa concavidad o depresión geológica pluvial dejada por la Sierra tras su desprendimiento del macizo andino, que hemos llamado la “cuna de la sierra”.

 

 


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