José de la Cruz ‘hermano’, Carmen García y el ‘Negro’ Barraza: tres de los protagonistas de ‘Gallo Bueno’

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Por: Juan Carlos Díaz Martinez

El merengue que compuso Adolfo Pacheco, dedicado a un amigo, que en ese entonces era el alcalde de San Jacinto, es una crónica periodística cantada.

‘José de la Cruz, hermano, alista la Policía que allí viene Carmen García con un revólver en mano…’, así inicia uno de los temas de Adolfo Pacheco Anillo más cantados en parrandas y conciertos en las Sabanas de Bolívar y sus alrededores: ‘Gallo Bueno’, un merengue que reúne todas las condiciones para ubicarla dentro del género periodístico llamado crónica.

Tres de los protagonistas de esta narración perfecta fueron Carmen García, la mujer que salió con gafas negras y revólver en mano a resolver de una vez por todas el rumor que ya había corrido con mucha fuerza por las calles de San Jacinto: la presunta infidelidad de su esposo, para ese entonces alcalde del pueblo.

José de la Cruz Rodríguez, un hijo adoptivo de San Jacinto que fue tan bien recibido en el pueblo que en tres oportunidades fue alcalde municipal, y cuya estrategia para poder pavimentar las calles fue imponer multas en bolsas de cemento a los contraventores.

José María ‘El Negro’ Barraza, quien es el único que todavía vive de esa cofradía de amigos que se inventaban los pretextos para parrandear cualquier día y a cualquier hora, y a quien Adolfo Pacheco inmortalizó en el célebre paseo ‘El Tropezón’.

LA HISTORIA
Carmen García Batista, una matrona sanjacintera que tenía una mente chispeante para sacarle provecho a cualquier situación, de una afabilidad a flor de piel y de un entrañable trato, dejó para la posteridad innumerables y felices anécdotas por las que siempre será recordada en su pueblo natal.

De sonrisa perenne, conversación agradable y la mejor de las anfitrionas, Carmen García, no obstante, cobró celebridad en todo el Caribe por el merengue de Adolfo Pacheco que hizo para homenajear a su amigo José de la Cruz Rodríguez, uno de los personajes indispensables en la historia de la tierra de la hamaca grande, con todo y que era natural de Arenal (Bolívar).

El episodio que generó en un célebre canto, ocurrió en febrero de 1977. Carmen García, quien se encontraba como todos los días en la tienda que tenía en su propia casa en el barrio Miraflores, sintió como si un rayo le atravesara el pecho cuando una vecina le fue con el chisme: ‘Vieron a Rodríguez parrandeando en el barrio Ocho de Diciembre’.

Lo primero que hizo fue sacar del cajón del mostrador de la tienda que tenía en su casa, un revólver calibre 38, que el propio José de la Cruz Rodríguez, su esposo, le había dejado por si algo pasaba, sobre todo por los movimientos raros que ya se estaban dando en las cercanías del pueblo, y él, como alcalde, tenía que hacerse respetar.

Cerró la tienda como pudo, metió el arma en una cartera que encontró en la sala y aprovechó que a un costado de su casona, estaba parrandeando su hijo Néstor Carlos ‘Petaca’, con varios amigos, entre ellos, Edin Torres, un carmero que festejaba su compromiso con una sanjacintera, para pedirle el favor que la llevara en su jeep Willis.

“Ese carro no prende”, le dijo Torres.

“Dale loma abajo, como hacen con los de aquí, para que veas que prende”, le respondió Carmen García, y en efecto, el automotor inició su marcha, raudo, sin que nadie se imaginara que en esos momentos se estaba sembrando la semilla de un fruto musical que, casi 50 años después, sigue dando de qué hablar.

Para ese entonces ya había llegado a los oídos de la matrona sanjacintera, proveniente de una de las familias más tradicionales del pueblo, con uno de los apellidos que llegó el mismo día en que Antonio de la Torre y Miranda fundara a San Jacinto, el rumor de que Rodríguez tenía una moza en el Ocho de Diciembre, barrio cuyo nombre original se perdió por el del ya famoso ‘Gallo Bueno’.

El espectáculo que vio Carmen García cuando llegó a la casa del parrandón, era como para no creer. Casi al frente de una olla de sancocho, sentados en taburetes y mecedoras de paja, estaban varios de los personajes más ilustres del pueblo:

El profesor José Domingo Rodríguez, director del encopetado colegio Instituto Rodríguez; el doctor Nicolás Reyes, por siempre el médico del pueblo; José María Barraza ‘El Negro’, comerciante de empuje en la región; el hacendado y dirigente político conservador, Rodrigo Barraza Salcedo, varias veces congresista por Bolívar, y, junto a ellos, el ‘inculpado’ e ‘inocente’ José de la Cruz Rodríguez, en esos momentos alcalde de San Jacinto, en su segundo de tres mandatos que tuvo.

Contrario a lo que plasmó en la canción que le hizo en honor al ‘insuceso’ el compositor Adolfo Pacheco, y haciendo gala de la licencia poética que tienen los letrados, los dos primeros disparos no los hizo Carmen García al cielo, sino a la olla de sancocho que ya estaba borboteando, provocando una gran tragedia gastronómica.

Rodríguez, como lo llamaba su mujer en la casa, estaba sentado en un taburete, de plácemes porque una dama le estaba dando una cucharada del sancocho en la boca, y no supo cómo se paró para esconderse en una casa vecina cuando sintió el tronar de las balas. Los demás, al ver la disposición fatalista en la actitud de la mujer celosa, se desperdigaron como pudieron por los alrededores de la casa, menos Rodrigo Barraza, la única persona en el mundo que en esos momentos podía evitar la tragedia que se venía para encima.

Y, en efecto, de no ser por la mediación de una de las personas más respetadas en el pueblo, ese día varias familias hubieran quedado de luto en San Jacinto. No obstante, la picardía innata que llevaba la mujer en su apellido García, hizo que aprovechara para enviarle un sutil reproche al respetado político sanjacintero.

“Caramba, doctor Barraza, ahora veo que hasta los santos se han bajado de los altares para patrocinar vagabunderías”, le dijo antes de entregarle el revólver.
A la semana siguiente del haber ocurrido el caso, ya Pacheco había compuesto la canción que le estaba debiendo a José de la Cruz, su amigo y socio de la gallera y quien le había adelantado 35 mil pesos para que se la compusiera.

Fue un suceso inmediato, todos los músicos del pueblo se la aprendieron y la tocaban en cualquier parranda, y al principio ni José de la Cruz ni Carmen García estuvieron muy contentos con haberse convertido en la comidilla del pueblo.

Sin embargo, con el paso del tiempo y en vista del éxito en que se convirtió el merengue que grabó, entre otros, Colacho Mendoza con Ivo Díaz, los protagonistas fueron cambiando de parecer.
El mismo Rodríguez la pedía en las parrandas y la bailaba, mientras que Carmen García, como casi nunca lo había hecho, se la aprendió y la cantaba en las postrimerías de su existencia.


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