En todo este 2026 el gran protagonista político del año ha sido Enrique Gómez, nieto de Laureano Gómez y quien lleva las banderas del movimiento de Salvación Nacional. Sobre este movimiento se apoyó Abelardo de la Espriella para lograr los casi 13 millones de votos y ganar la presidencia del país.
Una vez se consiguió esta victoria, el nieto del Basilisco ha sabido influir y, de manera clave, en la conformación del gabinete del nuevo presidente. Él será su fuerza en el senado, Su hermano, Miguel, será el ministro de Hacienda. Su nombramiento ha traído viejos escándalos del pasado, uno de ellos es el episodio que llevó su salida de la Universidad del Rosario, a donde llegó como decano de economía y se fue, de manera rápida, por la polémica decisión de despedir a dos catedráticos extranjeros de renombre. Los dos Gómez se parecen a su abuelo en lo conservadores que son.
Enrique Gómez fue el jefe de debate de Abelardo de la Espriella en la campaña, y sus narrativas en la misma fueron ampliamente escuchadas, hasta el punto de que una de ellas, la de que Iván Cepeda era heredero de las FARC, se usó tanto que, a pesar de ser una mentira, se convirtió en una verdad, acaso por el famoso principio goebblesiano. Su hijo, Nicolás Gómez, o sea el bisnieto de Laureano, será el jefe de gabinete de Abelardo.
Pero, ¿Quién era Laureano y porque ha sido nombrado tanto en los últimos días? Cuando en un debate Laureano Gómez quería desestabilizar a su rival, lo que hacía era bostezar. Un bostezo atronador que dejaba eco en cualquier recinto, un bostezo que se encadenaba a otros bostezos.
El que se enfrentaba a él trastabillaba y, hábil, le rapaba la palabra en la indecisión, y con su verbo arrodillaba a cualquiera. Laureano Gómez era el canciller de Mariano Ospina Pérez el 9 de abril de 1948, cuando asesinaron a Jorge Eliécer Gaitán. Los liberales más radicales no dudan un instante en echarle la culpa a alguien que era llamado con los siguientes apodos: “El monstruo”, “Máquina infernal”, “El basilisco”, “Relámpago”, “Águila”, “Tempestad”, del asesinato del hombre del pueblo. Es cierto que ambos oradores eran los más enconados rivales en tarima, pero se respetaban. Darío Echandía le contó a Arturo Alape que, las pocas veces que Gaitán se encontró con Laureano, ambos se saludaban con respeto y admiración. Era tanto el juego limpio en la tras escena, que molestaba a miembros de ambos partidos tanto abrazo y saludo.
Laureano, por su parte, en 1939, poco antes de que Hitler invadiera Polonia y desatara la Segunda Guerra Mundial, promovió una Noche de los cristales rotos, una copia de la andanada nazi contra los negocios de los judíos en Alemania, en Bogotá: en una sola noche fueron destruidos la totalidad de los locales de hebreos en la capital colombiana.
La lengua de Laureano desataba tempestades y hacía caer presidentes. A Marco Fidel Suárez se le murió su hijo súbitamente en Estados Unidos. Desesperado, el entonces presidente, mandó a traer su cuerpo con plata del Estado. El senador Laureano lo fustigó, calificó su acción como de “indignidad” para el país y lo hizo renunciar. Lo odiaban, pero también lo amaban. En el año 2010, la ola invernal destruyó el municipio de Gramalote, en Norte de Santander. Lo primero que evacuaron sus habitantes fue el busto de bronce de Laureano, quien había muerto 45 años atrás.
Sobre Laureano se ha dicho mucho y uno de los mejores retratos de él, lo hizo en pocas líneas el expresidente Guillermo León Valencia: “Formidable este Laureano Gómez. Como una racha huracanada, firme, impasible y sonoro como un yunque propio para forjar los más finos montantes, las mejores corazas, las más audaces quillas. El hombre tempestad, a quien solo se puede amar u odiar. Que deslumbra y hiere como el rayo y con el trueno de su voz hincha y colma las sordas oquedades del abismo y del pecado”.
Álvaro Gómez, uno de los hijos de Laureano, un político brillante, jamás pudo ser presidente justamente por el estigma de su padre. Como bien lo retrata uno de sus rivales políticos: Ernesto Samper, Álvaro Gómez era un demócrata, un estadista reposado, un hombre que en sus últimos años llamó desesperadamente a la paz.
El legado de Laureano continúa y lo más grave es el nivel de influencia que tendrán sus descendientes para cambiar la memoria de los colombianos
