El sur del Cesar, bajo la sombra de la muerte – Por: Nerio Luis Mejía

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La vastedad territorial del departamento del Cesar suele inclinar la balanza de los esfuerzos estatales: la inversión pública y las garantías de seguridad parecen concentrarse casi de manera exclusiva en el centro y el norte de la comarca. Ese desequilibrio histórico mantiene en un profundo abandono a los municipios del sur, un olvido sistemático que ha frenado el desarrollo regional y alimentado la espiral de violencia en este rincón del departamento.

Limitrofe con zonas fuertemente impactadas por el conflicto armado —como la subregión del Catatumbo y el sur de Bolívar—, el sur del Cesar ha quedado expuesto a dinámicas delictivas donde el secuestro, la extorsión, los atentados contra la Fuerza Pública y las ejecuciones selectivas están a la orden del día.

La riqueza de este territorio y su posición geográfica estratégica no solo lo convierten en un polo de interés para la inversión legal; también lo transforman en blanco de las estructuras del crimen organizado, que ven en esta franja un corredor clave para fortalecer su músculo financiero y logístico. Es en ese escenario donde se desencadenan los enfrentamientos entre grupos armados por el dominio y control territorial, empujando a la ciudadanía a un clima de zozobra permanente y enlutando de nuevo a sus habitantes, tal como ocurrió la tarde del domingo 13 de septiembre en el corregimiento de Simaña, municipio de La Gloria.

Bajo el sofocante sol de las tres de la tarde, hombres armados irrumpieron en el establecimiento de razón social Cabeza de Hacha. Sin mediar palabra, abrieron fuego de manera indiscriminada contra las personas que se encontraban departiendo en el lugar. Las informaciones preliminares dan cuenta de un trágico saldo de cuatro personas asesinadas y cuatro más heridas.

Las imágenes que circularon rápidamente en redes sociales dan testimonio de la crudeza del ataque: hombres empuñando pistolas, cuerpos tendidos en el suelo y desgarradoras escenas de dolor. El llanto de niños aturdidos sobre los cadáveres de sus allegados reconfirmó el infierno desatado en este castigado corregimiento del sur del departamento.

Ante la tragedia, las autoridades volvieron a dejar al descubierto su impotencia e incapacidad de respuesta. Desde Valledupar, la gobernadora Elvia Milena Sanjuán anunció la instalación de un Puesto de Mando Unificado (PMU) para atender la emergencia. Sin embargo, la experiencia reciente demuestra que los consejos de seguridad y los anuncios de coyuntura parecen responder a un libreto burocrático que se repite tras cada masacre, sin que ello logre frenar la arremetida violenta que castiga a las comunidades rurales.

Es urgente diseñar e implementar una política de seguridad integral y preventiva, articulada entre diversas instituciones, que permita anticipar el accionar criminal antes de que las comunidades sigan poniendo los muertos. Los cesarenses merecen vivir en paz. No se puede retornar a las épocas oscuras en las que el crimen florecía sin control estatal y las polvorientas calles de nuestros corregimientos se teñían con la sangre de los caídos.

La respuesta institucional no debe reducirse al recurso fácil de apresurar conjeturas tras cada hecho de sangre, atribuyendo de manera automática los ataques a disputas entre estructuras ilegales o buscando antecedentes en las víctimas. La ciudadanía exige soluciones de fondo frente al abandono histórico y garantías reales ante la sombra de la violencia. Esta nueva masacre —registrada por las organizaciones de derechos humanos como un hecho desgarrador que sacude al país— amerita acciones efectivas de desarticulación criminal y presencia integral del Estado para devolver la tranquilidad al territorio.


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