La madrugada del cuatro de septiembre de 2026 se extendió como pólvora la noticia sobre la caída de Naín Pérez Toncel, conocido en el mundo delictivo como alias «Bendito Menor». En el mismo operativo fueron neutralizados su compañera sentimental, Rosa Angélica Trazona, alias «La Bebesita», y sus dos escoltas de confianza.
La noticia causó un inmediato impacto debido a la notoriedad que había cosechado este peligroso cabecilla de las Autodefensas Conquistadoras de la Sierra Nevada (ACSN). Pérez Toncel era un objetivo prioritario por quien las autoridades ofrecían una millonaria recompensa; sin embargo, transitaba con pasmosa tranquilidad por distintas zonas del Caribe colombiano.
Lejos de esconderse, el capo alimentaba frecuentemente sus redes sociales con registros de sus salidas públicas. Circulaba sin contratiempos por carreteras nacionales —saludando incluso a miembros de la fuerza pública—, frecuentaba centros comerciales y encabezaba caravanas motorizadas en las que exhibía lujos, joyas, fajos de dinero y armamento de alto calibre.
Esta impunidad flagrante alimentaba una interrogante inevitable entre la ciudadanía: ¿cómo podía desplazarse a plena luz del día un criminal con semejante prontuario? ¿Hasta dónde alcanzaba el tejido de su poder para atreverse a amenazar a presidentes de la República sin ser detenido?
El fin del abrumador dominio de Pérez Toncel se produce en el marco de la estrategia de seguridad del actual mandatario, Abelardo de la Espriella, quien suma este golpe a su lucha contra el crimen organizado. No obstante, aunque su muerte representa un alivio momentáneo para las comunidades que padecieron la sombra de su violencia, también deja abiertas serias interrogantes. La caída del Bendito Menor sepulta de golpe los testimonios que pudo haber rendido ante la justicia, silenciando para siempre la red de cómplices e instituciones que le permitieron actuar a su antojo por el territorio.
La Guajira, tierra de horizontes desérticos, playas paradisíacas y pueblos indígenas binacionales, ha sido históricamente testigo del nacimiento y agonía de distintas economías de la ilegalidad: desde la bonanza marimbera y el contrabando, hasta el control territorial del narcotráfico. En este escenario, la neutralización de un capo no suele significar el fin de la violencia; por el contrario, suele presagiar el relevo inmediato en el tablero del ajedrez criminal.
Mientras la corrupción continúe enquistada y el narcotráfico sostenga los engranajes económicos para el despacho de cocaína desde los puertos guajiros, las piezas seguirán moviéndose. La muerte del Bendito Menor marca el fin de un capítulo sangriento, pero deja en el aire la duda de si este golpe afectó la estructura real o si solo despejó el camino para que un nuevo nombre se escriba con sangre en la frontera colombiana.
