Petro: el presidente que las élites nunca quisieron, pero Colombia sí eligió

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Hay una pregunta que incomoda a buena parte de la clase política tradicional: ¿y si Gustavo Petro termina siendo recordado por la historia como uno de los mejores presidentes que ha tenido Colombia?

La sola posibilidad provoca reacciones furiosas. Para algunos, Petro es el peor mandatario de la historia; para otros, es el presidente que finalmente puso a los sectores excluidos en el centro del poder. Pero cuando se dejan a un lado los insultos, las pasiones electorales y las campañas de desprestigio, aparece una realidad que merece ser discutida con seriedad.

Petro rompió el molde.

Durante décadas, Colombia estuvo gobernada por los mismos sectores políticos, económicos y familiares. Cambiaban los partidos, cambiaban los nombres y cambiaban los discursos, pero el poder seguía circulando alrededor de las mismas estructuras.

Hasta que llegó Petro.

Su elección no fue simplemente el triunfo de un candidato de izquierda. Fue la llegada a la Presidencia de millones de colombianos que durante décadas sintieron que el Estado hablaba de ellos, pero rara vez gobernaba para ellos.

Campesinos, trabajadores, jóvenes, comunidades indígenas, afrodescendientes y sectores populares encontraron por primera vez una representación política que llegó hasta la Casa de Nariño.

¿Eso significa que Petro no cometió errores? Por supuesto que no.

Su Gobierno tuvo escándalos de corrupción, funcionarios cuestionados, problemas de seguridad, dificultades en la política de Paz Total y enfrentamientos políticos que muchas veces terminaron convirtiéndose en espectáculos nacionales.

Pero aquí está el punto que sus detractores no quieren discutir: un Gobierno no puede medirse solamente por sus escándalos.

También hay que mirar sus resultados.

La pobreza monetaria cayó de manera significativa durante su administración, al igual que la pobreza extrema. El desempleo alcanzó niveles históricamente bajos y la reforma agraria volvió a ocupar un lugar central en la agenda nacional.

Durante años Colombia habló de entregar tierras a los campesinos mientras el problema agrario seguía acumulándose. Con Petro, la tierra regresó al centro de la discusión política.

Y eso tiene una explicación.

Petro entendió que Colombia no podía continuar hablando de paz mientras millones de campesinos siguieran sin tierra, sin oportunidades y sin presencia efectiva del Estado.

También puso sobre la mesa una discusión que durante mucho tiempo fue incómoda para los grandes poderes: la desigualdad.

¿Puede un país considerarse verdaderamente democrático cuando unos pocos concentran enormes riquezas mientras millones sobreviven con dificultades?

Petro decidió convertir esa pregunta en una bandera de Gobierno.

Por eso sus adversarios lo enfrentaron con tanta dureza.

Porque Petro no solamente cambió al presidente: cambió la conversación nacional.

La transición energética, la protección ambiental, la reforma agraria, los derechos de las comunidades, la justicia social, la educación pública y la distribución de la riqueza pasaron a ocupar un espacio central en el debate político.

Y quizá esa sea la razón por la cual algunos intelectuales y líderes de opinión sostienen que Petro puede terminar siendo uno de los presidentes más importantes de la historia contemporánea de Colombia.

No porque haya sido perfecto.

Sino porque transformó las preguntas que Colombia se hacía.

Antes la discusión era quién debía gobernar.

Petro consiguió que una parte importante del país comenzara a preguntarse para quién debía gobernar el Estado.

Esa diferencia es enorme.

La historia no suele juzgar a los presidentes únicamente por su popularidad durante el mandato. Los juzga por las estructuras que modificaron, por las puertas que abrieron y por los debates que dejaron instalados.

Y Petro deja uno de los debates más profundos de las últimas décadas: si Colombia debe seguir siendo gobernada para proteger los privilegios de unos pocos o si el Estado puede convertirse realmente en una herramienta para reducir las desigualdades.

Por eso resulta prematuro escribir todavía el veredicto definitivo sobre su Gobierno.

Pero también resulta ingenuo creer que Petro será olvidado como un presidente más.

No lo será.

El hombre que durante décadas estuvo en la oposición terminó llegando a la Casa de Nariño. El político que muchos consideraban imposible de ver en el poder terminó gobernando Colombia. Y millones de ciudadanos que históricamente estuvieron lejos del poder descubrieron que también podían llegar a él.

Podrán criticar sus errores, cuestionar sus decisiones y rechazar su ideología.

Eso hace parte de la democracia.

Pero negar su importancia histórica sería cerrar los ojos ante una realidad evidente.

Petro no fue el presidente que las élites esperaban. Fue el presidente que una Colombia diferente decidió elegir.

Y quizá por eso, cuando pasen los años y se enfríen las pasiones políticas, la historia termine haciendo una pregunta mucho más incómoda:

¿Y si Gustavo Petro no fue el peor presidente que tuvo Colombia, como algunos repiten, sino el presidente que más profundamente transformó la Colombia que recibió?


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