El departamento de Bolívar parece estar condenado a su suerte por cuenta de los alineamientos que, en contubernio, realizan los mal llamados dirigentes políticos de esta región.
El hilo conductor de esos fracasos para las comunidades radica en una práctica recurrente: se anuncian grandes infraestructuras para la educación, se construyen escuelas y colegios, pero no se aseguran los recursos para los docentes, ni mucho menos para el personal de servicios generales.
Ese también es el negocio, socio.
De igual forma, en Bolívar se levantan grandes y costosos escenarios deportivos sin contar con los recursos necesarios para contratar instructores que permitan masificar el deporte y hacer más competitivos a los jóvenes de las zonas donde se construyen dichas obras.
En ese orden de ideas, el compromiso no está diseñado para mejorar la condición humana de las comunidades. Temas fundamentales como hospitales, instituciones educativas dignas, vías, electrificación y el fortalecimiento de la economía agropecuaria —factores determinantes para el crecimiento y la solidez del núcleo familiar— quedan relegados.
Más bien, el modelo parece centrarse en el pago de favores mediante contratos a los aliados que respaldaron la llegada a la Gobernación de Bolívar.
Al analizar la gestión del gobernador Yamil Arana Padauí, me atrevo a señalar que existe un evidente desacuerdo entre la llamada “casa Arana” y sus financiadores y aliados políticos. Según diversas versiones, el mandatario habría desviado jugosos contratos hacia alcaldías y contratistas que apoyaron las aspiraciones al Senado de su primo Selmen Arana Cano y a la Cámara de Representantes de su cuñada, María Camila Salas quienes finalmente lograron sus objetivos.
Esto habría generado rupturas internas que se manejan por debajo de la mesa.
Fuentes aseguran que varios miembros de la casa Blel estarían muy molestos con Arana Padauí, al considerar que intenta montar su propia estructura política y alejarse de quienes lo llevaron al poder.
Hoy entiendo que, en varias ocasiones, le recomendé a Yamilito mantener una actitud a la altura del cargo y no proyectar una imagen de improvisación o ligereza en el ejercicio del poder. Ese estilo resulta ridículo y, además, incomoda a sus propios aliados.
