En las corralejas del Caribe todavía se habla de él en presente, como si en cualquier momento fuera a salir, descalzo, a plantarse frente a un toro bravo. Pero Luis Rocha Pérez —el temido y admirado Negro Rocha— ya no está.
Murió a los 106 años, hace algún tiempo, dejando una huella que ni el paso de los años ha logrado borrar.
Nació en 1915, en el corregimiento de Rocha, en Arjona, Bolívar, y desde muy joven entendió que su vida estaría ligada al riesgo.
A los 13 años ya se medía con toros en fincas de la región, aprendiendo a dominar la fuerza con instinto.
Cuando llegaba a las corralejas, no era un improvisado: era un hombre que ya conocía el lenguaje de la bravura.
Su fama creció rápido.
No por la elegancia, sino por la contundencia. Tomaba a los toros por la cola o por los cachos y los derribaba con una facilidad que desafiaba la lógica.
Una tarde, que aún hoy se repite como leyenda, tumbó 40 toros él solo.
Desde entonces, su nombre empezó a correr de pueblo en pueblo.
Siempre entraba al ruedo descalzo. La arena, a veces mezclada con vidrios, no parecía afectarlo. Algunos hablaban de rezos, otros de pactos imposibles. Él lo resumía con ironía: “el vidrio me tiene miedo”.
En un oficio marcado por la sangre, su historia rompió todas las reglas. Nunca sufrió una cornada.
Ni una sola. Mientras otros coleadores acumulaban cicatrices, él acumulaba relatos.
Entre sus recuerdos más intensos estaba el día en que enfrentó a un toro conocido como “Hitler”, enorme y feroz. Por momentos pareció superarlo, pero Rocha terminó imponiéndose, arrancando aplausos y reforzando esa idea colectiva de que no era un hombre común.
Durante 77 años estuvo ligado a las corralejas. Suficiente tiempo para convertirse en mito en vida.
También para construir, lejos del ruedo, una familia numerosa y un legado que trascendió la arena.
Hoy, su figura pertenece a la memoria del Caribe. A las historias que se cuentan en voz alta, a las exageraciones que nadie discute, a los recuerdos que se niegan a desaparecer.
Porque aunque murió hace tiempo, en las corralejas el Negro Rocha sigue cayendo de pie.
